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08 abril 2012

Desde el suroeste europeo, en memoria de Dimitris Christoulas

Suicidio Dimitris  El gobierno de Tsolakoglou ha aniquilado toda esperanza para mi supervivencia, que estaba basada en una pensión muy digna que, yo solo, pagué durante 35 años sin ayuda del Estado. Y ya que mi avanzada edad no me permite un modo de responder activamente —aunque si un compañero griego fuera a coger un kalashnikov, yo estaría detrás de él—, no veo otra solución que darle este final digno a mi vida, ya que no me quiero ver buscando en los cubos de basura mis medios de subsistencia. Creo que esa juventud sin ningún futuro se levantará algún día en armas y colgarán a los traidores de este país en la plaza Syntagma, justo como hicieron los italianos con Mussolini en 1945.

  Así firmaba su suicidio el miércoles 4 de abril de 2012 Dimitris Christoulas, el jubilado de 77 años que se voló la cabeza frente al parlamento griego en la plaza Syntagma de Atenas, la ‘zona cero’ del terrorismo de estado contra las sociedades del Sur europeo. El suicidio, con las estadísticas griegas a la cabeza, es un fenómeno que ilustra dramáticamente las consecuencias de esta gobernanza criminal sobre la vida y la muerte de sus súbditos.
  Pocos días antes, a 3.000 kilómetros de Atenas, cientos de miles de personas salíamos a la calle para ‘oponernos’ a nuestro propio ‘terrorismo económico’. Algunas, aún felizmente ‘indignadas’, no parecemos necesitar más que nuestra reconfortante indignación para sobrellevar el terror con alegría y bailar al ritmo de los tambores; muchas más, en lento proceso de desencanto y estupor, empezamos a comprender que no se trata de ‘una crisis que deban pagar quienes la crearon’, sino que tal crisis es sólo una catástrofe permanente inducida para sostener la acumulación de riqueza de un puñado de poderosos hijos de puta a costa de las vidas del resto; muchas menos, las que llevábamos años mirando cómo se desangraba el resto del mundo para que nosotras nos comiésemos un langostino de vez en cuando, simplemente comprobamos que los caníbales están rebañando el plato, que ahora vuelven su ansia hacia dentro de las fronteras de un ‘primer mundo’ en vías de subdesarrollo social. Cuando un campesino asiático se suicida en la cabecera de una manifestación contra el imperialismo no pasa nada, pero el problema es bien diferente si el imperialismo nos pone en la mira de sus francotiradores políticos y el cadáver es el de nuestro padre o nuestro abuelo.
  Cualquier marciano licenciado en ‘historia moderna interplanetaria’ alucinaría ante la evolución de los acontecimientos terrícolas: su crónica consistiría en un asombrado relato acerca de ‘cómo los indígenas del Hemisferio OTAN pudieron olvidar tan rápidamente’ y cómo tuvo que ser un anciano desesperado quien se refiriese a su presidente no electo (Papademos) como ‘Tsolakoglou’ –el primer presidente griego colaboracionista con la ocupación nazi. Es mucho más que simbólico: es la sangrienta realidad. En las calles del Estado español ya se puede oír, cada vez con más fuerza, el grito de ‘antes era Franco, ahora son los bancos’. Donde se escriba ‘bancos’ léase ‘sus dueños, sus directivos y los dueños o directivos de todas las grandes empresas’. Mientras tanto, los sicarios políticos de esos mafiosos buscan en cuatro contenedores quemados la excusa para criminalizar unos actos que son ridículamente insignificantes en comparación con los crímenes a gran escala que ellos mismos perpetran.
  Hablemos de crimen y terror, sí, hagámoslo. Leamos la maldita e inmaculada Constitución y revisemos, punto por punto, su cumplimiento. Leamos las estúpidas declaraciones de ‘derechos humanos’, discutamos sobre la función que se concede en las decisiones políticas a los llamados ‘derechos fundamentales’. ¿Sabemos sumar y restar? Pues sumemos las montañas de billetes que acumula el ‘gobierno realmente existente’ con sus negocios de guerra económica y economía bélica. Restémosle luego la calderilla que representan esos ‘derechos’ de cada una de nosotras, las personas. Comprobaremos que siguen sobrando montañas de dinero pudriéndose en los bolsillos de los más infames ladrones que jamás parió el capitalismo.
  Sabemos quiénes son esos ladrones y sabemos dónde están. Sabemos que ‘el rey está desnudo’, todas nos hemos dado cuenta. Ya sabemos que no existe libertad, ni seguridad, ni democracia. Ya sabemos que, hoy, eso que llaman ‘democracia’ es una forma de estado que dicta nuestro malvivir y precipita nuestra muerte, una infame banda armada que no duda en declararnos la guerra.
Pero esta masa de inocentes dejará pronto de ser cómplice de sus propios verdugos. El rey está en pelotas, todos en su corte lo estáis. Los reyes del tráfico de dinero, del tráfico de armas, del tráfico de personas y del tráfico de mentiras, vais a pagar por vuestra culpa infinita. Los ‘cortesanos con vocación de servicio público’ que gobernáis sembrando el terror, por tantos méritos contraídos en el ejercicio de vuestras prostituidas funciones, estáis convirtiendo la venganza en sinónimo de la justicia, y no nos quedará otro remedio que aplicaros justicia con venganza o clamar venganza como única forma de justicia.
  Quedáis avisados. Todos los gases lacrimógenos del mundo no os salvarán. Todas las balas del mundo no os protegerán. Todos los perros uniformados no harán de vuestro crimen un ‘crimen sostenible’. Luego no pidáis clemencia, porque ni el propio Hitler podría haber soñado la pericia tecnocrática que vosotros habéis demostrado. ¿Quién os ha dado permiso para tratarnos como a ratas? ¿Quién os ha dado permiso para arrojarnos a comer de la basura y beber de los charcos? ¿Qué os ha hecho pensar que aceptaríamos eternamente este papel de esclavos idiotas y sumisos?
Tarde o temprano recuperaremos el control de los medios de decisión política para dar una solución humana, justa y colectiva, a esta mierda imposible. Y si no nos dejáis otra opción, colgaremos a los traidores para honrar la memoria de tantas personas que, como Dimitris, nos recuerdan que nuestros iguales están entre nosotros, que quienes merecen poner nuestras vidas en riesgo están aquí, en la calle, no en esos palacios que deberían arder, en esos consejos de ministros que deberían desaparecer, en esas oficinas de lujo llenas de cómplices de genocidio ni en esos yates que deberían hundirse en el mar.
  Porque somos cientos de millones y venceremos, tarde o temprano. Venceremos y lo celebraremos, en una fiesta de alegría incontenible, perfectamente humana y espontáneamente organizada, sin necesidad de cordones policiales ni dispositivos de seguridad. Y al día siguiente nadie volverá a soñar pesadillas con vuestras corbatas, vuestros coches oficiales ni vuestras amenazas de muerte en rueda de prensa.
  Tarde o temprano. Lo sabéis muy bien, porque sois ladrones y asesinos, pero no sois estúpidos.
Tarde o temprano. Quizá nosotras no lo veamos y vosotros tampoco. Pero lo verán nuestros hijos, o nuestros nietos, y lo sufrirán los vuestros.
http://www.assi-assi.org/

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